vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (033)                  

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Bacialé

(imagen extraída de: http://www.laprensagrafica.com/especiales/2004/ella/enero/ella03.asp)

  ¡Extraña evolución de las palabras! El nombre con que en la Edad Media se aludía al joven caballero o al estudiante universitario (baccalarius, bachelier, baccelliere) y al que también se refiere Dante en la Divina Comedia, ha acabado por designar, en el pintoresco lenguaje de nuestra tierra, al mediador de casamientos.

   En realidad, en algunas localidades de las zonas de colinas y del llano, se usaba -y tal vez aún hoy se conserve- el término, de etimología incierta, marussau o marusse (citado en documentos latinos medievales como marosserius) o bien rablau o rabloria, si se tratava de una mujer.

   Dado el caracter,  por decir así contractual, del matrimonio campesino, basado a menudo no tanto en el afectuoso consenso de los interesados directos como en la sutil alquimia de la valoración de la dote o de la búsqueda de un “buen partido”, era necesario un intermediario especializado que favoreciera los encuentros, a veces tempestuosos, y mediara en las no fáciles tratativas entre los familiares de ambos novios, para concertar hasta en los más insignificantes pormenores el inminente casamiento  (rangé la sposa
(1)).

   El genuino bacialé
(2) representa una suerte de reconocida profesión, practicada, al igual que la del médico, con la ayuda de un birocin (3), el cual era un signo de distinción, o bien sencillamente a pie, como los “romeros” de la Edad Media.

   A tal función de agente de relaciones públicas, modestamente remunerada, el mediador asociaba por lo general el oficio de negociante de terneros, de vinos o buscador de trufas. Todos estos oficios comportaban constantes desplazamientos, razón por la cual el que los practicaba era llamado “itinerante”.

   Por cierto, no todas sus intervenciones matrimoniales revestían la misma importancia ni suscitaban el mismo interés. Así, por ejemplo, la capacidad del agente “matrimonial” se manisfestaba principalmente en los casos más improbables y difíciles. Nunca faltaba, en alguna granja aislada entre las colinas, en alguna cà dij bosch (esp.: casa en el bosque), una muchacha, de edad un tanto avanzada y no precisamente bonita, aún soltera, que prestara atención a una propuesta del bacialé, al cual, por su experiencia en lugares y familias, se le ocurría rápidamente cuál podría ser el hombre ad hoc. Este podía ser un solterón o un viudo, igualmente bastante maduro, no precisamente un Adonis, incluso con alguna deficiencia, pero que no constituyera un “impedimento dirimente” ante los ojos indulgentes y expertos del mediador. Debía ser en definitiva un hombre apto para un matrimonio que, tal como se garantizaba, sería todo un éxito.

   La recompensa por tanto celo y constancia, cuando la mediación tenía un final feliz, era un sobretodo, un sombrero o sencillamente un pañuelo de cuello que el bacialé lucía con ostensible orgullo el día de la boda.

   El mediador, al parecer, no se sentía moralmente responsable del eventual fracaso del matrimonio concertado o, como diríamos actualmente, gestionado. Una vez dado el “sí”, las aveniencias o desaveniencias entre los esposos era un asunto que ya no le concernía, ya que, al igual que en otros casos, entraba en vigor la fórmula consagrada a lamente gnun-e
(4), es decir que no se aceptaban reclamos del cónyuge que resultara perjudicado.

   No cabe decir, por otra parte, que en el desempeño de su profesión, todo fuera para el medidador un camino sembrado de rosas. A veces solía algún aspirante rechazado o algún chistoso gastarle una broma pesada: soltando el caballo de su cabriolé, quitándole a este una rueda y escondiéndola, y otras malas jugadas por el estilo.

   En tales ocasiones, y sobre todo cuando se trataba de un casamiento algo fuera de lo común, participaba indefectiblemente todo el pueblo. Lo mismo sucedía con la “porrata”, comida a base de puerros que se servía a un novio rechazado el día en que este habría debido casarse, o bien se procedía a la ciabra, suerte de alboroto público en ocasión del segundo casamiento de un viudo o una viuda (fé la cabra
(5)).

   Cada uno de estos bacialé tenía un recuerdo particular, relacionado con su profesión, como el que me contaba, no sin una pizca de humor, un simpático viejito del oficio. Este, un domingo, después de la siega, acompaña a un cliente entrado en años a encontrarse con la mujer que le está destinada y que vive con sus familiares en una finca en la cima de una colina aislada. En primer lugar, se procede a una minuciosa inspección del “estado” de la familia: la vivienda, el viñedo, el establo. Luego se produce el encuentro, lleno de cohibiciones y casi sin palabras, en presencia, por supuesto, de los familiares. Por último, la cena y los primeros acuerdos generales acerca de la dote y el fardel (6). Luego, ambos regresan al pueblo por un camino que solo se distingue por la polvareda blanca. El flamante novio, rejuvenecido por el entusiasmo, camina adelante como un potrillo; detrás le sigue al trotecito el regordete mediador, que ha comido más de la cuenta. En determinado momento, durante una parada natural y obligada, el bacialé pregunta al prometido, de hombre a hombre, qué impresión le ha causado la muchacha. Entonces este, con cierta vergüenza, rompe el largo silencio y estalla en una fulgurante respuesta: “mi piace” (esp.: me gusta). No lo dice en su dialecto cotidiano, pues resultaría descolorido y pobre, sino en italiano, lengua inusual para él, sacándolo de los recuerdos de cuando iba a la escuela.

   El viejo bacialé refería asimismo que no recordaba con exactitud cuál había sido el resultado de aquel matrimonio, pero la epigráfica respuesta, en italiano, del torpe y taciturno personaje había quedado grabada en su mente, como la más halagüeña gratificación a sus “honestos” esfuerzos.

 

Giacinto Grassi

 

(Extraído de "il platano", revista cultural de Asti, Asti, año II, Nº 5, 1977, p. 19-21)


Notas  (del traductor)

1. Expresión piamontesa: acomodar a la novia.
2. Término piamontés con que se designa al mediador de casamientos.
3. Término piamontés con que se designa un cabriolé.
4. Expresión piamontesa equivalente al esp. con ninguna queja.
5. Expresión piamontesa que significa literalmente: hacer la cabra.
6. Término piamontés con que se designa el ajuar de la novia.

 

fecha de revisión:   06/04/2005