vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (034)                  

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Gusanos de seda y capullos

Hilera de moreras (imagen extraída de: http://www5.indire.it:8080/set/bacodaseta/pagina12B.htm )

   Para las familias que tuvieran suficiente paciencia y la capacidad de hacerlo, la cría de gusanos de seda constituía un recurso no despreciable, sobre todo porque la cosecha de trigo y la vendimia eran poco seguras por causa de las heladas o el granizo.

   Solían llevar a la iglesia, el 25 de abril, día de San Marcos, las semillas de gusano para que se las bendijera, en luna cajita de cartón perforado, comprada en Asti. Una onza -o incluso una cantidad menor- de esa suerte de polvillo negro, semejante a carbonilla, era suficiente para que se desarrollara una gran actividad en las casas. Tal tarea era realizada sobre todo por mujeres y niños, por cuanto la temporada de los gusanos de seda coincidía con la de toda una serie de apremiantes faenas agrícolas.

   La primera fase del largo ciclo era la de la incubación, para la que se disponían los huevos en pequeños lienzos de cáñamo, enmarcados de madera, o bien se utilizaban cedazos de harina redondos pues los diminutos gusanos no ocupaban aún demasiado espacio. La incubación, por lo general, se llevaba a cabo -aunque actualmente lo desaconsejan los técnicos de la sericultura- en las cocinas, cerca del hogar, en los húmedos establos, o incluso entre dos colchones, con lo cual se conseguía la temperatura necesaria. Aún no existían las incubadoras.

   El comienzo de la operación podía variar según las condiciones del tiempo y las regiones. También se veía condicionado por la necesidad de conseguir rápidamente el alimento necesario para los gusanillos recién nacidos. Se comenzaba generalmente a fines de abril, cuando los rellenos brotes de las moreras estan a punto de estallar en tiernas hojitas brillantes y suaves como la seda. 

   Mientras tanto, la semilla iba volviéndose blanquecina, requiriendo cada vez más calor y cuidado. En días de lluvia, se volvía a usar la estufa, ya apagada desde hacía bastante tiempo, pues el humo del hogar podía dañar a los gusanos en proceso de incubación. 

   Se producía la salida del huevo en medio de pequeñas crepitaciones, semejantes al ruido de dos uñas que se frotan, provocadas por el movimiento de los diminutos seres que se aprestaban a salir del cascarón. Empezaban por abrirse camino los más rebozantes de vida y emprendedores, y luego, pasados dos o tres días, salía toda la muchedumbre, excepto los pocos o muchos que, al caer en el camino, morían por asfixia tan pronto habían nacido.

   Comenzaba entonces la fase más importante, la de la cría propiamente dicha, en medio de un sinfín de temores y riesgos, debidos a la necesidad de mantener cierto grado de temperatura constante, limpiar permenetemente el lecho de los gusanos o preparar las hojas de morera, las que debían estar a la vez frescas y secas. 

   A esas alturas, las moreras ya habían alcanzado el máximo de su verdor, y dispuestas con rigurosa simetría, formaban, en las lindes de los campos y prados, cuadrados y rectángulos perfectos que producían un agradable efecto de orden hogareño y cordial. La gente, descalza, trepaba a sus cimas por medio de escaleras de mano y gustosamente permanecía allí, en medio del dulce aroma de las hojas y de las moras aún no del todo maduras.

   Pero, por lo general, no había que perder tiempo. Los sacos de arpillera, todavía vacíos y flácidos, cuyas bocas mantenían abiertas unos aros de hierro o de madera, enganchados a una estaca, debían llenarse rápidamente con las hojas despegadas de las ramas, pues no era extraño que amenazara alguna tormenta. 

   Mientras tanto, los primitivos bastidores iban dejando paso a las esteras rectangulares de caña, cada vez más grandes conforme pasaban los días. Se colocaban horizontalmente, a medio metro de distancia, y estaban sostenidos por cuatro sólidos palos, sujetados verticalmente del piso y del techo. Así pues, el espacio de las cocinas, e incluso el de los dormitorios, se reducía cada vez más a causa de esos "rascacielos" a los que, con suma paciencia, varias veces en el día y durante la noche, las mujeres trepaban, con una escalera de mano, para extender cuidadosamente un tapiz de hojas de morera por sobre aquel mar blanco y hormigueante. Efectivamente, los gusanos de seda, con una constante inquietud que solo calmaba el alimento, se desplazaban en todas las direcciones, aprovechando cualquier punto de apoyo, y erguían lo más posible el antecuerpo, estirando la cabeza hacia arriba. Los niños veían en ellos como monstruos en miniatura, extraños y cómicos. 

   Además de la "pontà", también se instalaba, para los gusanos, otra construcción: el "cavallone", es decir una estructura rectangular apoyada a la pared, o bien otra estructura de dos planos, colocada como techo de dos aguas, con un vértice como el de una tienda de campaña. Constaban de finas varillas sobre las que se tendían amplias hojas de papel azul, para evitar la caída de los gusanos, y sobre ellas se disponían directamente ramas de morera que formaban una suerte de selva espesa en que los animalillos parecían encontrarse más a gusto. 

   Los niños, agachados debajo de aquel alero, penetraban en el oscuro y estrecho corredor, molestando a los adultos ocupados y poco pacientes. A pesar del calor insólito que hacía allí y del olor a encierro y a hojas podridas, ¡qué agradable era estar escuchando el rumor de los gusanos comiendo las hojas!

   Mientras tanto, entre una y otra muda, alternadas por sueños periódicos y regulares y famélicos despertares, los gusanos iban creciendo a ojos vista, hasta alcanzar el grosor de un dedo, si es que no se ponían amarillos y transparentes, y entonces había que retirarlos del lecho de la estera para que no enfermaran a los otros. 

   En determinado momento, sus movimientos se volvía pesado y lento y aquello era señal de se debían preparar los bosquecitos para la última fase del ciclo. Se trataba de bastidores rectangulares, hechos con ramas de retama, brezo o colza que se colocaban perpendicularmente y a cierta distancia de la estera, de modo que la superficie por la que se desplazaban los gusanos se dividía en numerosos corredores pequeños. Había llegado la hora de los capullos: lentamente, pero con determinación y seguridad, todos los gusanos se subían a las ramas del bosquecito, y allí hilaban pacientes sus flores o frutos amarillos, en los que se escondían para luego renacer transformados en mariposas. Aquella florescencia dorada iluminaba las habitaciones y producía un efecto festivo y gratificante, pues los sacrificios y temores habían acabado.

   Luego, los capullos, liberados de las ramas y de sus sedosos filamentos externos, se recogían, brillantes y crujientes, en grandes cestos de mimbre, y muy temprano, se llevaban en carros hacia el mercado o los puntos de acopio.

   Las casas, las habitaciones parecían entonces más frías y desnudas, pero al fin podían abrirse de par en par las puertas y ventanas, por las que entraba el sol y el aroma de la inminente cosecha. 


                                                                                                              Giacinto Grassi

(Extraído de "Il platano", revista cultural de Asti, Asti, año III, Nº 5, 1978, pp. 17-20: Figuras, obras y ritos de nuestra tierra)

 

fecha de revisión:   06/04/2005