vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (006)                 

INDICE home historia
La figura del cazador

Cazadores de la región de Asti con sus perros de caza y cachorros (ap. años 1922-1923)



   En el folklore de algunas comunidades rurales aún resultan evidentes las huellas y recuerdos del peso cultural que tuvo el papel del cazador, a lo largo del tiempo, en tal contexto socio-económico.

   Pero a pesar de que su figura estaba contemplada en aquel tipo de sociedad, de hecho, la práctica a menudo solía verse relegada a los momentos de ocio, momentos que, dados el costo de la licencia de caza y de los cartuchos, era preciso administrar muy bien. A través de tal práctica, el cazador procuraba principalmente un rédito económico, que podía resultar de la venta de pieles y de las recompensas obtenidas por la matanza de animales dañinos, y a veces también, la integración de la carne en una dieta alimenticia pobre.

   El círculo informal que reunía a los cazadores de determinados pueblos gozaba de un indiscutido reconocimiento general, pero no sólo por el hecho de que el lugar público en que habitualmente se llevaban a cabo las tertulias ostentara la denominación, incluso oficial, de fonda, restaurante o café de los cazadores, sino sobre todo porque la admisión a tal "sociedad" no estaba forzosamente supeditada a que se portara escopeta o no. En ella eran acogidos aquellos a quienes se reconocía destreza y capacidad, y no siempre por la cantidad de sus presas. Se tomaba asimismo en consideración el grado de adiestramiento del perro. Tampoco faltaban las bromas hechas a los neófitos pero este era un precio que se pagaba gustosamente por la inciación. 

   Un relato que nos da una idea acabada de tal spaccato, tiene por escenario una localidad del alto valle del Lemina. Sucedió un día que un joven del valle, que no gozaba de demasiada estima en el ámbito de la caza y al que tan sólo se le reconocía capacidad para instalar trampas para tordos, encontró entre sus manos un zorro viejo y maltrecho que había ido a morir en las cercanías de su casa. Feliz con su inesperado hallazgo -por cada animal dañino se pagaba una recompensa-, salió a mostrar al animal por el pueblo, donde, sin embargo, sólo recibió burlas y preguntas de quienes pensaban que podía ser su gato. Pero él no se enojó y se puso a pensar en qué podría hacer.

   Al día siguiente, mientras se encaminaba hacia Pinerolo, donde cobraría su recompensa, un magnífico ejemplar de zorro daba tumbos sobre sus hombros, al ritmo de sus pasos. Cuando, por la noche, regresó a casa, lo esperaban unos cuantos paisanos, prontos para volver a aplaudirlo burlonamente. Mas al ver lo que el muchacho había ganado con su recompensa: semillas, alimentos y herramientas de trabajo, se quedaron sin palabras. Luego, se le acercaron para hacerle preguntas, pero como su respuesta seguía siendo la misma: "a l'era piena 'd grive" (esp.: estaba lleno de tordos), se marcharon pensando que era la enésima prueba a la que se habían visto sometidos los límites del joven.

   Pero la duda subsistió y algunos días después fue invitado a una vjà (esp.: velada) en la que se reunían los cazadores talucchini más acreditados. Naturalmente, aceptó la invitación y tan pronto como llegó y vió a los cazadores muy silenciosos y con tan malas caras, preguntó, aunque adivinaba el motivo de la reunión, si había muerto alguien. Sin perder la calma ni hacerse de rogar, explicó entonces con profusión de pormenores cómo habían sucedido las cosas. Una vez recuperada la piel del animal muerto, pero poniendo a resguardo la cabeza y las patas, la rellenó de tordos que había cazado y luego la expuso al frío de la noche para conseguir que endureciera y luciera un aspecto más saludable. En la ciudad, pues, lo primero que hizo fue vender los tordos, y cuando se presentó a cobrar su recompensa, recibió más dinero del esperado, pues el poderoso vientre del animal, aunque no contuviera nada, seguía siendo testimonianza de la supuesta voracidad del zorro. Y por último, rendidos sus oyentes ante la evidencia, detuvo su relato, pasando por alto los pormenores de lo que había comprado con su dinero.

   Como es dado suponer, desde aquel día, el joven se hizo acreedor de la estima y admiración de los pobladores de todo el alto valle y fue aceptado como miembro vitalicio de la "sociedad" de cazadores del lugar.

 

Diego Priolo

 

(Fuente: Remigio Brun de la localidad de los Dairin superiori. 1990)
(Extraído de "L'eco del Chisone" Nº 44, novembre 2001)

fecha de revisión:   06/04/2005