vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (035)                 

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"Dësfojé la meila
(Deshojar el maíz)

En el patio de la cascina después de la cosecha del maíz (imagen extraída de: http://www.comuneweb.it/GirifalcoHome/pagineStatiche/storia/images/foto/raccolta_granoturco.jpg  )



   Actualmente, en el campo, la cosecha y deshojado del maíz (la meila) 1 se llevan a cabo sin ninguna formalidad. Ha desaparecido esa suerte de ritual campesino con que antaño se realizaban tradicionalmente las faenas más importantes, como la trilla y la vendimia. Deshojan el maíz los miembros de cada familia, por cuenta propia, como a escondidas, en la casa. Luego, las panojas, de un color amarillo aún pálido y exangüe, se recogen en grandes contenedores de red metálica que se encuentran dispuestos en la parte más soleada del patio. La maduración, que se prolonga así varios meses, resulta al parecer más completa, pues en los granos del maíz, expuestos al sol, se concentra todo el sabor posible.

   Hasta no hace mucho tiempo, el deshojado de las panojas cobraba, por el contrario, un aspecto de ceremonia rural, un carácter coral de participación colectiva. 

   Hacia fines de agosto se procedía a despegar las panojas maduras de los frágiles tallos, ya secos, que quedaban algún tiempo más en los campos, hasta el momento en que, arrancados de raíz o cortados en la base, se utilizaban como material de relleno o de protección, o se quemaban. Esos tallos adustos y bruñidos, que se erguían despojados en medio del campo, sugerían a mi fantasía la imagen de grandes candelabros de iglesia.

   Durante la cosecha, las panojas, todavía envainadas y con los puntiagudos penachos ya flojos y secos, se escapaban de las manos de los recogedores, cuando estos las colocaban por brazadas en los corbe y en los sacos dispuestos en el carro. Parecían, por su forma ahusada, pescados recién sacados del agua, que aún intentaban liberarse.

   El patio, del que se habían sacado carros y herramientas, recibía la voluminosa cantidad de panojas recogidas, que se amontonaban en una larga cadena que semejaba una montaña blanca. El piso del patio había sido esmeradamente barrido para tal circunstancia -solía se una actividad dominical- con una escoba rudimentaria, hecha con ramas de sauce. Luego, se salpicaba la tierra, removida por el paso de los carros o deshecha por el sol, con una mezcla espesa y oscura de agua y jugo de estiércol bovino, que tenía poder de consolidarla.

   Se mandaba a los niños a todas las casas del pueblo a invitar a por lo menos un representante masculino o femenino adulto (los niños no contaban), a que participara en el deshojado colectivo, y se recomendaban encarecidamente las maneras más corteses de invitar, usando el nombre o el apellido exacto del jefe de familia, y no el apodo (stranòm), pues podía resultar ofensivo y por ende contraproducente.

   El rito comenzaba ya caída la noche y se prolongaba hasta tarde. Después de una cena despachada más rápido que de costumbre, yo veía llegar desde el camino a ciertos personajes conocidos, solos o en pequeños grupos, que avanzaban hacia el patio. En la penumbra de la noche, parecían fantasmas que se movían con cierta solemnidad cohibida.

   Con unas pocas y magras palabras de circunstancia, o bien sin decir nada, cada uno se ubicaba junto a la pequeña montaña, en cuclillas o de rodillas, y empezaba a deshojar las panojas. Poco a poco el primer pequeño pelotón se iba transformando en una pequeña multitud. Mi llamaba la atención el movimiento determinado y seco con que, una vez liberada la panoja de su vaina, como mano que se desliga de un guante, los adultos, torciendo la muñeca, conseguían desprender el penacho de las brácteas de la panoja. 

   Comenzaba entonces una suerte de bulliciosa granizada: las duras panojas amarillas iban amontonándose en el recinto que se les tenía reservado, creando una capa que crecía a ojos vista. Inertes y vacías, las chalas formaban en el suelo un manto vegetal, mullido y crujiente, en el que a los niños y adolescentes les encantaba rodar, en medio de las inútiles y resignadas protestas de los mayores, que seguían deshojando panojas y charlando en pequeños grupos.

   Se hablaba de todo un poco: desde la política hasta el chisme local, desde el relato de guerra hasta el chiste ingenuamente atrevido y tosco. También podía suceder que, al buscar las panojas perdidas en medio del montón cada vez denso de chalas, la mano de algún jovencito e incluso la de algún mayor agarrara el pie o la pierna de una mujer, lo que desataba los gritos y alguna que otra inocente y atrayente imprecación. Algunos ponían en el cuarto de las panojas deshojadas algún objeto sonoro o un viejo cubo de hojalata, cazuelas gastadas y tapas, que servían de blanco a los tiradores seleccionados. El estruendo y las voces cubrían el coro de los anvairet, aquellos grillos de agosto que dan color y madurez a la uva.

   Algunas veces, en el patio, se bailaba al compás de una pequeña orquesta rudimentariamente improvisada. Si no había luna, se hacían necesarias unas lámparas de acetileno. La música adormecía a los niños e incitaba a los adolescentes a molestar a las parejas de bailarines.

   Ya el fresco de la noche inducía a los mayores a ponerse la chaqueta (los sombreros negros ya cubrían las cabezas) o, al menos, a colocársela sobre los hombros; las mujeres hundían sus piernas en espesor de las hojas, de las que, al moverse, emanaba un olor húmedo a tierra y musgo.

   Mientras tanto, las conversaciones iban perdiendo volumen y espaciándose cada vez más, a no se que apareciera alguna botella de vino que comenzaba a dar vueltas de mano en mano, mojando las secas gargantas. Entonces comenzaban las canciones, con largas y melancólicas cadencias.

   El inevitable éxodo de la gente tenía algo de lúgubre y la fiesta acababa así apagándose en el silencio y la oscuridad de la noche. Ahora, en el patio sin ruidos ni voces, la pequeña montaña parecía un inmenso lecho revuelto, más allá del cual la brillante extensión de las panojas desnudas, vaya uno a saber por qué, transmitía un escalofrío

   Al día siguiente, el sol volvía a calentar las ateridas panojas; el montículo informe volvía a extenderse por todo el patio y los chalas vacías iban a parar al establo o se usaban para rellenar los rústicos colchones que se colocarían en las viejas y altas camas de madera. 

   Los niños tenían por costumbre agacharse a orillas de aquel mar rojo, intentando construir osadas torres de panojas, que servían de blanco para el tiro. Pero, por lo general, sucedía que aquellas débiles construcciones se desplomaran tan pronto como habían sido erigidas.

   En tiempos en que aún no se usaba la máquina desgranadora, resultaba bastante pintoresca la ritual trilla del maíz, que se realizaba con el mayal, aquel primitivo instrumento hecho con dos palos cortos y resistentes de leña seca, unidos en una de las dos extremidades con una correa de cuero. Sujetando con fuerza uno de ellos entre las manos, el trillador hacía girar el otro dejándolo caer en el montículo de panojas, de las que los rojizos granos saltaban como chispas. En la clara atmósfera de la mañana, aquellos gestos dibujaban un alfabeto negro de figuras que se disolvía y se renovaba permanentemente, hasta que el suelo estuviera cubierto de marlos blancos. Estos, cuidadosamente despojados de los granos que pudieran haber quedado (tarea de los ancianos y los niños), iban a parar a algunos rincones oscuros de la casa, para ser luego utilizados para encender el fuego de los hogares.

   El maíz, convertido en una suerte de arena gruesa y rojiza, seguía cubriendo el patio durante algunos días más y se removía continuamente con rastrillos, produciendo un suave crepitación que, al recordarlo, me transporta inmediatamente a ciertos mdiodías límpidos y extenuantes de septiembre. Finalmente, tras una paciente criba para eliminar las partículas ajenas al maíz, este se embolsaba. Los sacos repletos y pesados se colocaban a lo largo de las paredes de la cocina, donde formaban como una pequeña cadena de montañas a cuyas cimas a los niños nos gustaba subirnos a descansar a la hora de la siesta.

   El último acto de este fabuloso ritual era la molienda: se llevaba, en días de lluvia, una cantidad considerable de sacos al molino, en un carro tirado por la única vaca (la vaca an galera). El hecho era como una aventura, ya que debido a las interminables esperas en el inmenso patio del molino, lleno de gansos y patos, se regresaba a casa bastante tarde en la noche.

   En los días de invierno, alrededor de las diez de la mañana, aparecía en la mesa, sobre la tabla de picar de roble, la infaltable polenta, que antes de llenar el estómago, calentaba agradablemente las manos enrojecidas por el frío.

Giacinto Grassi

1. Término piamontés con que se designa el maíz.

(Extraído de "Il platano", revista cultural de Asti, Asti, año III, Nº 2, 1978, pp. 45-48: Figure, opere e riti della nostra terra)

fecha de revisión:  06/04/2005