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Curiosidades históricas (041)                 

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Los últimos glaciares
La lengua del Sommeiller, salvada dificultosamente

El glaciar Brenva (Courmayeur), como era en 1976. (foto Sergio Giacone)

  

   La desaparición de los glaciares es uno de los problemas más visibles y preocupantes que afectan a la montaña, que no sólo repercuten en este medio geográfico, sino que determinan asimismo una serie de concatenamientos de consecuencias que alcanzamos a comprender o imaginar sólo en parte.

   Según una opinión compartida, todo esto habría sido determinado, en gran medida, por la elevación del nivel de calentamiento de la corteza terrestre (por ejemplo, en el curso del presente verano, ya varias veces se ha registrado el cero térmico a más de 4.000 metros de altura). A ello habrían contribuido, a lo largo del tiempo, algunas decisiones y modalidades económico-productivas, que a su vez son el fruto de modelos mentales y culturales bien determinados.

   Sin extendernos demasiado en el tema, una grave consecuencia de la disminución de los glaciares será un fuerte empobrecimiento hídrico general, con todo lo que se derive de ello en la tierra y, por absurdo que parezca, también en el cielo.

   Algunos estudios sobre el tema demuestran que cierta estabilidad glaciológica, pese a experimentar ya entonces algún retroceso, se mantuvo hasta hace un centenar de años.

   Tales estudios, a los que ya apuntaban otros del siglo precedente, habían sido favorecidos por las condiciones en que se encontraba entonces el ambiente alpino. Siguiendo cierta orientación interpretativa del fenómeno, desde comienzos del siglo XVI hasta los albores del siglo XIX se habría dado, en efecto, una suerte de reconsolidación del glaciar, tal como lo recuerda la expresión “pequeña glaciación”, acuñada precisamente para hacer referencia a este breve pero intenso período de frío. Admitiendo tal inversión de avance, comenzó posteriormente, de todos modos, la progresiva reducción de la masa glaciar. En la década del 20, en esta zona, desaparecía el glaciar de Roc Boucher, imponente montaña situada entre los valles de Ripa-Argentera y de Thuras. (Fuente: E. Ferreri Guida delle Alpi Cozie parte II, 1926).

   A partir de la década del 50, se produjo un cambio total de la situación, que ocasionó la desaparición de muchos glaciares. También los neveros comenzaron a sobrevivir a duras penas. Así es como hoy vemos, con tristeza, montañas de más de tres mil metros de altura que conservan apenas y tan sólo hasta comienzos del verano algunas que otras lenguas de nieve, para luego presentar una áspera y homogénea desnudez rocosa que parece conferirles una freddezza aún mayor. Además, el blanco de la nieve no sólo acentuaba el valor cromático del paisaje, sino que le otorgaba dignidad alpina .

   El temible glaciar –así representado al menos por mucho tiempo– acabó cobrando una dimensión mental envuelta de una nostalgia cada vez mayor, adquiriendo connotaciones fantásticas y legendarias, debidas principalmente a sus dimensiones. A través de este filtro afectivo, los neveros eternos y aquellos que no se derretían totalmente son recordados a veces, o voluntariamente reelaborados, como las últimas lenguas de los glaciares, contraponiéndose así a un conocimiento exacto de la dimensión glaciológica del pasado.

   El último bastión de los glaciares de nuestros valles lo constituye el Monviso, que hasta mediados del siglo pasado todavía presentaba una estado respetable, a pesar de ciertas señales de retroceso de algunas de sus mazas. De éstas todavía quedan ocho, entre las cuales el Coolidge, el Due Dita, el Viso, el Valnata, el Sella, el Caprera, el Cadreghe y el Quarnero (en fuerte retroceso).

   Una señal preocupante y significativa se produjo en la noche del 5 de julio de 1989, cuando una porción del glaciar Coolidge, en la ladera norte-noreste se desprendió repentinamente, arrastrando consigo rocas y escombros que llegaron hasta el lago Chiaretto, reduciendo considerablemente su capacidad.

   Por aquellos años, también la riqueza glaciológica del alto Valle de Susa sufrió un severo redimensionamiento, y actualmente de los glaciares (todos por encima de los 3.000 m) Galambra, Fourneaux y Cima del Vallonetto no queda sino una débil huella (a menudo más hipotética que real), mientras a duras penas sobreviven una lengua del Sommeiller, donde en la década del 70 aún se practicaba esquí estival, actividad posteriormente abandonada a causa de una avalancha que destruyó las instalaciones y el refugio, y los glaciares del Agnello, Bard, Giaset y Lamet.

 

                                                                                                   Diego Priolo


(Extraído de "L'eco del Chisone" Nº 34, 27 de agosto de 2003)

fecha de revisión:   17/03/2006