vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (038)                    

INDICE home historia
El "linyera"

Hombre barbudo (dibujo de Laura, extraído de www.jpergrafando.it/ )

   Lo veo casi todas las semanas. Como embolsado en ropa ajena, con una especie de colbac de pelo en la cabeza, y un bastón sólido y basto, se sube al primer autobus de la mañana, el que lleva a los escolares del pueblo al colegio de la ciudad. Allí comienza su minuciosa colecta por tiendas, bancos y, si se da el caso, por las viviendas de los particulares, poniendo para la circunstancia cara de humildad y ojos de mirada huidiza y anónima.

   Toma la sopa en un cuartel o en un hospicio de ancianos y se lleva a casa lo que le sobra, en una vieja gamella militar, como asimismo algunas bolsitas de pan seco. Dicen que con eso prepara la comida diaria para los conejos y el cerdo que cría en casa. Hay quienes sostienen que su día de trabajo le proporciona entre tres y cinco mil liras, por lo general en monedas que guarda en sus numerosos morrales o en el bolsillo interno de su viejo abrigo, que ni siquiera se quita cuando hace calor.

  Al caer la noche regresa al pueblo en el último autobus; se baja en la plaza, donde descarga toda su mercancía, y luego, con todos sus pertrechos, se encamina cuesta arriba, hacia su humilde casucha de dos cuartos, que se recorta, en el cielo rojo del atardecer, en medio de un descampado, igual que un diente negro y solitario en una encía vacía. Después de dar de comer a sus animales y cenar rápidamente, el “linyera” bebe hasta avanzada la noche y, a la luz de la vela –la electricidad aún no ha llegado hasta allí–  cuenta el dinero recogido en el día. Nunca se ha sabido a ciencia cierta qué destino da a su capital.

   Por lo general le gusta conversar, pero sólo con quien quiere él. En su discurrir de sabio antiguo, salpicado de proverbios y sentencias, adopta el italiano y, a decir verdad, se expresa con términos usados con propiedad y vivas imágenes. Sus hijas y yernos, que viven en la ciudad y poseen automóviles y apartamentos, casi lo ignoran y se avergüenzan de la vida de menesteroso que lleva. Esto, sin embargo, lo tiene sin cuidado.

  Parece una versión actualizada de aquella singular figura de nuestra infancia, a la que en tono jocoso y pintoresco se denominaba comúnmente linyera. Se trataba de mendigos profesionales, hombres de mediana edad o ancianos que periódicamente aparecían, de a uno, en el pueblo, como si se hubieran dado cita. No llegaban a ser más de tres o cuatro, y todos, adultos, jóvenes y niños, los conocían, especialmente los niños, para quienes asumían una figura simbólica, que inspiraba a la vez curiosidad y miedo.

   Llevaban a cuestas todo lo que tenían y su casa consistía en aquel proverbial saco de yute, puesto sobre los hombros y suspendido del bastón, henchido como un odre. Dentro había de todo un poco: grueso hilo para remiendos, un cucurucho de sal, una pequeña batería de cocina, provisiones de comida...

   Llegaban al pueblo inesperadamente, como si acabaran de desembarcar de una nave espacial o salir de la tierra, de la que eran como divinidades autóctonas. En efecto, solían sentarse en el suelo, ya sea para comer como para dormir la siesta, y a su alrededor disponían sus cosas, al alcance de la mano, con su habitual y sabia seguridad.

   Alguno de ellos cocía esmeradamente su comida con un fuego improvisado con piedras y ramas recogidas al azar. Otros, por el contrario, sólo comían pan, cortado en finas rebanadas, que acompañaban con una cebolla, una anchoa y un poco de sal. Luego salían a pedir de beber.

   Era como un rito. Independientemente de la acogida, no siempre amable, de que fueran objeto por parte de los campesinos, no dejaban de entrar en ningún patio. Todavía me parece sentir el temblor de mi mano cuando, siendo niño, llevaba un vaso de vino, quizá un poco agrio, al mendigo que se había detenido en el patio de casa, a debida distancia del perro. Aún veo abrirse aquella boca ancha y roja, como la de un sediento de días, y engullir de solo trago el contenido del vaso. Luego, con la mano izquierda, o mejor dicho con la manga de la chaqueta, se secaba los labios, escondidos en aquella barba enmarañada y oscura. Después, media vuelta march hacia otra posta y otra copa de vino.

   Al atardecer, se veía invariablemente a los linyeras caminar con paso titubeante y se les oía discutir acaloradamente y como gritando, polemizando contra medio mundo, pero con palabras que raras veces se comprendían. Iban en busca de algún establo o pajar donde pasar la noche, pero la búsqueda a veces se prolongaba hasta entrada la noche porque la gente desconfiaba de ellos. Cuando finalmente se les daba acogida, debían entregar los fósforos que llevaban consigo; algunos, por mayor seguridad, les pedían incluso sus naipes.

   Desaparecían en la oscuridad de un pajar o montículo de heno. A la mañana siguiente, como si la noche los hubiera absorbido, ya no estaban allí, se habían esfumado hasta la próxima gira.

   Tenían una sabiduría taciturna, huraña y a veces amarga, pero a veces dejaban estallar su hilaridad repentina y sarcástica. Parecían pasar entre las gentes con indiferencia y desinterés, y no con la tristeza de los marginados. Eran conscientes de su exclusiva y aristocrática distinción humana.

Giacinto Grassi

(Extraído de "Il platano", revista cultural de Asti, Asti, año II, Nº 1, 1977, p. 43-44: Figuras, obras y ritos de nuestra tierra.)

fecha de revisión   09/04/2005