vecchio Piemonte

Curiosidades históricas (018)

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Reseña oficial del último lobo derribado en la zona de Pinerolo
Bricherasio, febrero de 1907

    Entre los meses de enero y febrero de 1907, en el territorio municipal de Bricherasio, concluía oficialmente -al menos en lo referente a las comarcas de Pinerolo- la historia del lobo. Tal desenlace se debió definitivamente a una singular cacería que posteriormente se convirtió en objeto de una enfática crónica de tonos épicos, que ocupó casi media página del número trece de La Lanterna Pinerolese, semanal de la época.

   Todo comenzó una noche de invierno, cuando un sordo "ladrido", seguido de intensos golpes contra las puertas de los negocios de los chacineros y carniceros, perturbó el sueño de los vecinos del pueblo. A la mañana siguiente, al comprobarse los daños ocasionados, muchas fueron las hipótesis emitidas acerca de la identidad del responsable. Sin embargo, ésta pronto quedó a descubierto tras los relatos de una joven "aldeana", empleada en la granja Pronati, y la almacenera de la Società Operaia. Se trataba de un lobo. La primera, huyendo de las "rábicas fauces de la bestia", se había visto obligada a encaramarse velozmente en lo alto de una pérgola, mientras que la segunda lo había visto directamente en su intento por penetrar en los locales de la Società.

   Carlo Masoero, conocido por sus enfrentamientos con perros rabiosos, se armó de un tridente y se lanzó tras las huellas del lobo. A éste, en un primer momento, lo habían visto en Castelvecchio, pero cuando llegó el cazador, seguido de Giovanni Palmero, Pietro Lisdero, Antonio Cottura, Michele Masoero, Giuseppe Ciclamo, un tal Morero y otro tal Caffaro, el animal ya había atravesado el pueblo en el momento en que los ñiños salían de la escuela, y seguía huyendo por la carretera provincial, donde espantó al caballo de un coche que transitaba por allí. Finalmente, llegó extenuado a la granja Valori, en el sector de la Capilla Moreri, donde se echó en un montón de estiércol, mientras sus perseguidores ya casi lo habían alcanzado. Recibió una "estruendosa tunda en la cabeza y luego lo ensartaron con un tridente", tras lo cual fue rematado a palos.

   La noticia de su muerte no tardó en correr. "De todas partes acudieron personas que querían ver con sus propios ojos aquello que había excitado la fantasía de todos". A juicio del veterinario encargado del examen identificatorio, "no se trataba en efecto de un lobo en estado salvaje, sino más bien de un lobo que, quizá cansado de vivir relegado de la sociedad civil y extremadamente nostalgioso de su terruño en la montaña, habría dicho un adiós definitivo a la férrea jaula de alguna exhibición de fieras".

   No obstante, sus dimensiones, 65 cm. de alto y 95 cm. de largo, demostraron lo contrario. Sea como fuere, el alcalde redactó un informe de la matanza que luego se entregó, conjuntamente con la osamenta, a la Subprefectura de Pinerolo para cobrar así la recompensa por matar animales dañiños, fijada en ochenta liras por las R.R. Patenti del 27 de diciembre de 1836.

   Con expresiones de regocijo y de gratitud para con el Sr. Masoero y sus compañeros concluía el artículo, en el que además, antes del triunfal cierre, se señalaba que se había dado muerte a otro lobo en las cercanías en el espacio de escasos meses. Cabe señalar sin embargo que nunca se hallaron datos que corroboraran el hecho.

   Así pues, el episodio narrado y el otro relativo a Talucco, referido en las páginas del mismo semanal un año y medio antes (octubre de 1905), constituirían, según la información disponible, las últimas reseñas oficiales de muerte dada a lobos en las comarcas de Pìnerolo. Más allá de la crónica periodística, el hecho de Bricherasio debió de impactar efectivamente la comunidad local, así como lo prueba además el recuerdo que, cien años después, aún permanece vivo. Uno de los custodios de esta memoria colectiva, transmitida de generación en generación, es el Sr. Carlo Masoero, cuya hominimia con el cazador recompensado no es mera casualidad pues se trataba de su abuelo. Se decía en su casa que para perpetuar la hazaña se habían guardado las uñas del ejemplar derribado, pero de tales piezas, de gran valor simbólico, nunca se ha podido saber nada.

   Según el Sr. Masoero y en contraposición con el artículo periodístico, antes de que la paliza propinada acabara con el animal, éste ya había sido atacado a escopetazos. La granja Valori, postrer escenario del hecho, pertenece desde 1921 a la familia del Sr. Luigi Alloa y se encuentra en el número 67 de la avenida Pinerolo. En cuanto a los anteriores propietarios, conocidos criadores de cerdos, al parecer se habrían mudado, tras vender la finca, a Moncalieri.

   En el curso de mi breve investigación para reconstruir los hechos, me sorprendieron, particularmente en algunos de los entrevistados, la calidad y la índole crítica del recuerdo, fruto de lo que solían contar sus padres y abuelos. No sólo se volvía a representar para mí una dinámica secuencial de los acontecimientos idéntica a la del periódico, sino que también se me referían las perplejidades suscitadas por la real identidad del predador cazado. Se trata pues de un recuerdo históricamente atendible a partir de un hecho que, como sucede en muchos casos, puede ser una reelaboración alejada de la objetividad factual, para reforzar y revalorizar, por ejemplo, la identidad colectiva local. 

   En cuanto a la procedencia del lobo, es decir si era de la zona o bien forastero, la cuestión resulta bastante compleja. Actualmente, pocos son los topónimos locales que perpetúan su recuerdo. Lingüísticamente, pervive un "Pra del luv" (esp.: prado del lobo) en el sector de Terre Nere, y hasta hace algunas décadas, en el tramo de montaña lindante con San Secondo, todavía existían otros dos o tres, ya no localizables con exactitud. Análoga situación a la de otras aldeas visitadas por el lobo.

   Resulta evidente en este caso que la ausencia de referencias a medidas de protección en favor del animal se debe a que tal actitud no formaba parte de la cultura de la época en que sucedieron los hechos. El lobo era un predador y constituía un peligro esquematizado durante siglos tanto por los prejuicios como por la enseñanza. Es indudable que en el contexto socioeconómico de las aldeas de la época el animal todavía representaba un peligro, pero es forzoso aclarar asimismo que por aquellos años, en las comarcas de Pinerolo, la especie ya se encontraba, si no totalmente, casi totalmente extinguida.

                                                                                                    Diego Priolo


(Artículo publicado en "L'Eco del Chisone" del 9 de abril de 2003 - dibujo de Tiziana Raimondo)

fecha de revisión:    06/04/2005