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Curiosidades históricas (042)                  

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Piossasco: ¿mirlos machos o hembras?

Escudo del municipio de Piossasco

   Piossasco, cuyos orígenes se remontarían – tal como lo indica la terminación "-asco" del correspondiente topónimo – a la época celto-ligur, derivaría del nombre de una familia romana. Ya en el siglo XIII era una comuna libre y desde épocas más antiguas, el lugar de origen de los Piossasco, importante familia de comienzos del segundo milenio.

Aunque la historia nos ilustre acerca de su vida pública y oficial, es la dimensión local de los relatos populares, mezcla de recuerdos, lecturas y reeleboraciones, la que nos permite saber cuál fue su incidencia en la vida cotidiana.

Ejemplo interesante de ello es la interpretación de los componentes del escudo de la familia Piossasco, el que en sus orígenes constaría de un campo de plata y nueve mirlos, sin pico ni patas, dispuestos en orden decreciente: tres-tres, dos, uno.

A dicho escudo le dedica el Padre G. Fornelli, historiador local, todo un capítulo de su Storia di Piossasco. Por ella podemos saber que durante algún tiempo no se supo a ciencia cierta si las aves representadas eran mirlos machos o hembras. Al parecer se trataba originariamente de hembras, en un primer momento cuatro y posteriormente, nueve, todas sin pico ni patas. Todo hace pensar que el número nueve simbolizaba las nueve Primogenituras señoriales creadas en 1230 y convertidas en feudos por Amadeo VIII en 1391, o bien las nueve comarcas del feudo de Piossasco. Con el número cuatro se representaban, por el contrario, las cuatro ramas de la noble familia.

No obstante, los elementos constitutivos del escudo y su disposición siguieron siendo por largo rato un interrogante, aunque con el correr de los años, por cierto, ya habían desaparecido los defectos de los mirlos originarios. Sea como fuere, en 1950, en virtud de una disposición legal por la que se prohibía el uso de escudos comunales como blasones nobles, la municipalidad fijó definitivamente en seis el número de las aves, representadas íntegramente y dispuestas en la forma escalar tres, dos, uno (Fuente: Don Fornelli).

Ni las vicisitudes numéricas ni las de índole ornitológica explican, sin embargo, la elección del mirlo macho o hembra, como tampoco las anomalías físicas con que se representaba a las aves oiriginariamente. Si descartamos el hecho de que Merlo I fue el nombre del fundador del linaje de los Piossasco, a quien, según el abad Baruffi, se rememoraba hasta hace ciento cincuenta años con los topónimos rocca del Merlone y gran Merlone, con que se denominaba a un peñasco y al castillo construido en él, no resulta facil hallar motivaciones convincentes. En efecto, lo simbolizado por el mirlo se vuelve un tanto difícil de precisar. Por un lado, si se trata de la hembra, y teniendo en cuenta la frecuencia con que estas aves presentan albinismo, su imagen se asocia, en la meteorología popular, a los últimos días particularmente frío del invierno. Por otro lado, si se trata del macho, y dada la asonancia existente entre el término italiano merlo y el piamontés erlo, el primero se ha convertido en una suerte de sinónimo del segundo, es decir con el significado de jactancioso.

Pero la solución del caso nos la proporciona la leyenda, que, ateniéndonos a su conservación y recuperación en textos de antología, debió de ser de muy difundida. La versión que aquí resumimos fue redactada hace unos setenta años por el Prof. Augusto Monti y posteriormente publicada en la obra Invito alla Collina Torinese, dirigida por Remo Grigliè. Un Piossasco, tras errar por muchos lugares del mundo y combatir en muchas ocasiones, regresa un día, maltrecho y andrajoso, a casa de su padre. La alegría de éste fue aún mayor cuando supo que el niño de piel oscura que acompañaba a su hijo era su nieto. Su felicidad se manifestó a través de la expresión "un bel merlotto" (esp.: un hermoso mirlo), que repitió ocho veces más cuando le fueron presentados sus otros ocho nietecitos, de idénticas características. El hombre, a quien hacía feliz el que su linaje se perpetuara, quiso que su regocijo se reflejara igualmente en el blasón de la familia, el cual comportaría en lo sucesivo nueve mirlos desprovistos de pico. Le preocupaba, en efecto, que los jóvenes mirlos, al llegar a ser adultos, se comieran todos sus bienes.

Según Monti, la familia Piossasco era tan acaudalada, que uno de sus miembros, que había sido relegado a Saboya por rebelión pero a quien, sin embargo, se le permitió luego permanecer en sus propiedades, adquirió todas las tierras que se encontraban entre sus posesiones, extendiéndose así sus dominios hasta Torino, por un lado, y Saluzzo, por el otro. Incluso mandó construir entre estas dos ciudades, burlándose de las autoridades que lo habían confinado, una carretera que facilitara sus desplazamientos.

El temor del anciano de ver su fortuna dilapidada, desafortunadamente, se hizo realidad. Sin embargo, un pequeño grupo de mirlos sigue recordándonos, en el nuevo escudo, la larga historia de Piossasco, en las tierras que se extienden desde los postreros montes a los primeros llanos.

Diego Priolo

(Extraído de "L'eco del Chisone", n. 52, del 31 de diciembre de 2003)

fecha de revisión:   05/09/2006