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Curiosidades históricas (039)                

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Entre Langa y Monferrato

El canto de los huevos – El canto de mayo - Andé an carej – Los embrujos


Vista del Monferrato (foto S. Giacone)

El canto de los huevos

   Es ésta una costumbre que hasta hace pocos años era dado observar (y soportar) en las colinas. ¿Por qué debía cantarse a este producto y no a otro? 

   La razón es de orden estrictamente práctico. En los hogares siempre se procuró consumir pocos huevos. Más valía llevarlos al mercado y convertirlos en zuecos, pan, ropa para el invierno.  

   En nuestra región, sólo los domingos, haciendo una excepción, se usaban para hacer los tallarines, los famosos y sabrosos tajarin. Después de Pascua, cuando el sacerdote bendecía las casas, regalar al ministro de Dios media docena de huevos era la mayor demostración de respeto y aprecio. Los huevos eran un producto de alta distinción

   En los últimos domingos de cuaresma los jóvenes del pueblo iban de casa en casa, con  instrumentos musicales. Conjuntamente con los clásicos y típicos de nuestra zona, como el clarinete y el acordeón, aparecían otros instrumentos improvisados, como caramillos de madera o de caña, tambores sin pretensiones, a veces caseros, etc. El canto, por su parte, estaba formado por estrofas ocasionales, a veces improvisadas en el mismo momento, pero cuyo objetivo era siempre el mismo: llegar al corazón de algún buen vecino para que regalase huevos (o dinero), de modo tal que la pandilla pudiera permitirse, el día de Pascua, una buena comilona en el campo. El canto era pues personal, no revestía aspectos espirituales ni tenía orígenes mitológicos paganos. Era un canto que presuponía lisa y llanamente un fin gastronómico

   Por lo general, los jóvenes se colocaban bajo las ventanas de los vecinos, sin arreos especiales, sencillamente con un cesto para recoger los huevos. A veces, el músico llevaba una rama, un pino, y antiguamente una cruz de madera. El canto era bastante perentorio. La finalidad por la que la pandilla se había reunido era presentada inmediatamente a los oyentes, que a veces ya estaban durmiendo, pues aquellos jóvenes salían a cantar después de cena, cuando la noche ya envolvía las inconfundibles siluetas de las colinas. Se comenzaba con un:

O dene, dene d’j oeuv
ma d’la galin-a bianca,
i vostri ausin an diso
che chila l’é mai stanca.

(Dadnos, dadnos huevos
pero de la gallina blanca,
vuestros vecinos dicen
que ella siempre canta.)

   En algunas comarcas, antes de formular el pedido, se cantaban estrofas, improvisadas, de saludo y felicitaciones para la familia requerida. A tal propósito, debemos observar que los cantores siempre eran personas del lugar que conocían muy bien a las familias a las que iba dirigido el pedido. En todo caso, he aquí la estrofa con que se comenzaba a cantar si se trataba de una solterona:

An custa casa quì
a j'é ancora na tota
restà da maridé
ma se la vardi ben
a smia na matota

(En esta casa
todavía queda una mujer
por casar
pero si la observáis bien
parece una niña)

Si había algún viudo, relativamente joven, podía albergar la esperanza de casarse pronto.

   El saludo por excelencia era dado a la dueña de casa, y si todo salía bien (es decir, una vez que los huevos ya se encontraban en el cesto), se cantaban augurios de buena salud y prosperidad, como asimismo cumplidos para la mujer de la casa, y una despedida hasta el año siguiente. Sin embargo, si los huevos no aparecían, irrumpían la venganza, la maldición, la ofensa:

Suna, suna violin, che 't suni a uffa
si ié na fia da maridé a buterà la muffa.
Se anti sta casa si ié na fia grassa
e se vor nen calé, ca marsa an tla paiassa.
Se anti sta casa si ié na gran sicina
ié scheisa el cu ar gai, ra chesta a la galina.

(Suena, suena, violín, suena hasta el amanecer
que esta joven casadera se va a enmohecer.
Si en esta casa hay una muchacha gorda de pecho
que no quiere bajar, pues que se pudra en su lecho.
Si en esta casa hay una gran sequía
córtesele el culo al gallo y la cresta a la gallina.)

   Los ejemplos podrían ser muchos más. El canto de los huevos, digámoslo una vez más, no debe interpretarse como un rito propiciatorio, como, por ejemplo, el canto de mayo, lo cual no quita, sin embargo, que también su origen sea pagano. En efecto, el huevo, desde tiempos muy remotos, representaba el mito-símbolo de la fecundidad. El mismo cristianismo lo ha aceptado: en Pascua (que significa renacimiento, es decir vida) el huevo representa un símbolo que ya no es pagano (el de chocolate sí lo es, pues pertenece al consumismo y por ende se aleja totalmente de la lógica religiosa), sino cristiano y universal. 


El canto de mayo

   La tradición de mayo (1 de mayo) se remonta a tiempos muy antiguos y no es estrictamente típica de la Langa. Nace en la Grecia clásica, y efectivamente es una fiesta, una manifestación pagana, en que se representa la exaltación de la vida que se renueva al ritmo de la naturaleza. En esta tradición, la primavera es un renacer y mayo, el mes más representativo de dicha estación del año. 

   La fiesta del 1 de mayo es al mismo tiempo alegría de vivir y celebración del mito de la fecundidad. Estas dos características indisolubles confirman el origen pagano de esta tradición que se mantuvo intacta en su exterioridad más típica hasta las primeras décadas del siglo XX. 

   En la plaza del pueblo se plantaba un pino, adornado con cintas, y a la sombra de su follaje se llevaban a cabo fiestas, meriendas, cantos y danzas. El pino parece tener (ante nuestros ojos desencantados) el mismo valor que el árbol de la libertad, fruto de la revolución francesa e instituido para Napoleón Bonaparte, como símbolo de un nuevo paganismo, o laicicismo a la vez politíco y cultural. 

   Los anales de la Curia Episcopal de Alba consignan que en 1584 un obispo, de visita apóstolica en Alba, se quejaba del abuso de esta fiesta pagana, difundida en todos los pueblos de la diócesis. El remedio que propuso fue el siguiente: puesto que, efectivamente, dichas fiestas se habían originado en una superstición pagana, y no en acción cristiana, en su lugar, si elevaran cruces en las extremidades de todas las vías públicas

   Pese a la sincera y comprensible aversión de la Iglesia por estos ritos tradicionales y profanos, la costumbre se mantuvo sumamente viva durante mucho tiempo, y aún hoy nuestros mayores la guardan en sus recuerdos de infancia. La forma más típica y generalizada del 1 de mayo (e incluso de otros domingos del mes) era ésta: tres niñas iban de casa en casa; la del medio, o novia de mayo, lucía un atuendo de los más vistosos y llevaba en la cabeza un hermoso sombrerito de alas anchas. En el pecho llevaba un pequeña rama de pino, adornada con cintas. Las dos damiselas que la escoltaban tenían, una un cesto para los huevos y la otra, una bolsa para el dinero. Mientras esperaban delante de una puerta el obsequio, en dinero o en especie, de la familia a la que habían ido a visitar, echaban a cantar. El comienzo era el canto de los huevos, con las consabidas estrofas adaptadas a cada caso: el saludo al dueño de casa, los parabienes a los demás miembros de la familia, muy particularmente dirigidos a las muchachas. El punto central del canto de mayo siempre lo constituía la exaltación de la novia:

E si veuli nen cherdi
che magg a sia rivà,
oh feve a la finestra
lo veddi ben dòbà.
Guardé la nostra spusa
come l'é ben dòbà
luntan sin quanta mjia
a sarà numinà.

(Si no queréis creer
que mayo ha llegado,
asomáos a la ventana
y lo veréis bien emperifollado.
Mirad a la novia
¡qué bien acicalada!
a cincuenta millas
ya es nombrada.)

La finalidad de la colecta era juntar algún dinerillo, aunque más no fuera para comprar ropa neuva. Tal como sucede con el canto de los huevos, tampoco faltan aquí las imprecaciones y las advertencias para el caso en que no se consiga nada:

Signora la madama
se chila an na da nent
preguma la Madona
ch'ai fassa casché i dent

(Ama y señora,
si usted no nos da nada,
rogamos a la Virgen
que se le caigan los dientes)

En la maledicción, pese a que se trata de un rito pagano, se invoca a la Virgen para acentuar la solemnidad e importancia de la fiesta del 1 de mayo.

   La exaltación del mes de mayo se repite varias veces a modo de estribillo:

Ben vena magg,
ben staga magg,
tournerouma al meis ed magg!

(¡Bien venga mayo!
¡Bien permanezca mayo!
Siempre volvemos al mes de mayo.)

   El regreso al mes de mayo constituye una suerte de sortilegio, una necesidad pagana de representar a mayo en forma discontinua en los años venideros. En la antigüedad, los regalos se pedían en nombre de una divinidad vegetativa que, según la creencia popular, se encontraba encarnada en el mes de mayo, y a la que las niñas llevaban de casa en casa. A ello se debía que nunca se negara el obsequio, para no ofender al espíritu vegetativo que renace en primavera y del que dependen la fertilidad de los campos y la riqueza de las cosechas. Ya en tiempos de los romanos, en la fiesta pagana de Attis se cortaba el pino y se lo adornaba con cintas y guirnaldas. También en la Langa se adornaba el pino que llevaban las muchachas: el árbol estaba cargado de hermosas cintas.

Andé an  carej

   También la Langa cambia. Está en el orden mismo de las cosas. Además, como es lógico, ineluctablemente nada permanece inalterado con el paso del tiempo, pues vivir y continuar significa antes que nada cambiar, mudar, evolucionar. Así pues, la Langa cambia y algunos fenómenos, más precisamente los inherentes a su propia existencialidad, mueren y desaparecen para siempre. Langa siempre ha significado ruina y sacrificio. Sudor y miseria. Y mucho trabajo, pero con esasos resultados. A menudo, al trabajo tradicional del campo se procuraba sumar otras actividades que permitieran alimentar las bocas de la familia, hacer sonreír aquellos ojos tristes que a la noche se reunían alrededor de la mísera mesa de campo. Uno de estos oficios, que siempre me ha fascinado, es el del carrero.

   Por supuesto, no es un oficio que sólo se diera en la Langa, es un oficio universal, el mismo que en la actualidad desempeñan los conductores de camiones italianos y extranjeros, esos que llevan la sigla TIR delante del motor. El oficio de carrero, en el sentido de transportartador de mercancías y otros objetos es tan viejo como el mundo, al menos desde el descubrimiento de la rueda. Ma en la Langa ser carrero era algo muy distinto. Un trabajo típico, particular. En primer lugar, no era una profesión, sino un paliativo. Se trataba simplemente de aportar algo más al magro fruto del trabajo del campo. Obsérvese la expresión, típica de la Langa, con que se alude a dicho trabajo: andé an carej (esp.: ir de carrero). No ser carrero, sino ir de carrero, o sea prestarse literalmente a sí mismo, prestar bueyes y carro para transportar leña, uva, heno o estiércol para abono de la tierra. A veces, incluso en un mismo año, ir de carrero también podía significar hacer mudanzas, o sea llevar pocos muebles y muchas esperanzas hacia otras colinas o valles. Esta actividad servía para mejorar los ingresos, pero presuponía un patrimonio básico indispensable: poseer una yunta de bueyes robustos y fuertes, habituados al tiro para largas distancias, lo cual no era poco. Aquéllos que tenían tal patrimonio en su establo no dudaban en explotarlo. Era la única solución, porque usar la yunta de bueyes tan sólo para la labranza de la tierra era de entrada un desperdicio. Siendo así, mejor era pedirlos prestados. El trabajo del carrero era fatigoso, una actividad intermitente, pero redituable, cuya contrapartida, sin embargo, implicaba una mayor dosis de esfuerzo y sudor.

   En la Langa, la jornada comienza, tradicionalmente, antes de que cante el gallo. A la madrugada, en medio de la oscuridad de la noche, cuando el alba aún está lejos, una vez  puesto el yugo a los bueyes, el carrero salía de casa en busca del trabajo extra. Vestía camisa a cuadros y sombrero de ala ancha, desformado. Sus ojos aún no estaban totalmente abiertos por el sueño. En la mano llevaba el guret (esp.: latigo) para vencer la indolencia de los bueyes, pero sobre todo para combatir el cansancio. Un latigazo a los animales y un grido. Un latigazo al aire y un canto solitario e improvisado. Todo acompañado por el rechinar de las ruedas en el empedrado desunido. A esa hora, la aldea  todavía dormía y el ritmo obsesivo y discontinuo de las ruedas era el primer ruido que sacudía las casas negras, ateridas de sueño. Todo trabajo que se respete presupone una contrapartida, una remuneración. Por aquellos tiempos, el dinero escaseaba en todas las casas, hasta en las más sólidas. Por eso se iba de carrero y se cobraba en especie. El carro salía vacío en la oscura madrugada y regresaba por al atardecer con sacos de trigo, castañas, cestos llenos de huevos y un pequeño barril de vino.

   El carrero era una figura típica y sólo algunos de ellos gozaban de la confianza d ela gente. Sólo los más capaces salían adelante. Por capacidad se entendía no tener nunca sueño, ser joven, soportar el cansancio, y, por sobre todas las cosas, conocer a los animales. Tener una yunta de bueyes robustos no significaba necesariamente ser hombre de carreteos. Era necesario saber sacrificarse y conocer el oficio. Era lo único que importaba. Se cuenta de hombres que vivían en el establo, junto a los animales. Conocían vida y muerte del buey, y también se decía que un buen carrero no conocía veterinarios. Si el buey parecía estar cansado y ya no tiraba, bastaba una hierba de los bosques para que todo volviera a la normalidad. En sábado santo era auspiciatorio tomar el yugo de madera y tenerlo en remojo en agua hasta que repicara el Gloria. También era importante vestirse de carrero, y la camisa a cuadros, rústica pero siempre impecable, se tornaba una divisa, un símbolo. Aquello también era libertad. Solo en la noche, un trabajo lejos de casa, una sensación de liberación aunque los hombres y los animales estuvieran agobiados por el cansancio. Con el sudor en la frente, pero con la libertad en el corazón. ¡Eso era ir de carrero !


Los embrujos

   Veamos ahora las brujas y el mal de ojo. Se trata por cierto de creencias y supersticiones, pero se encontraban sumamente acendradas en las gentes de la Langa. Antaño, por ejemplo, la madre hacía la señal de la cruz en la cabeza de su hijo para mantener alejados de él a los espíritus del mal. El niño era un ser débil e indifenso, y se creía que las brujas, para vengarse de ofensas sufridas, querían hacer daño a los niños. Se creía incluso que tenían poderes sobre los niños por nacer: una mujer embarazada no debía, por ningún motivo, encontrarse con una bruja. Esta es la razón por la que nunca, o casi nunca, las mujeres embarazadas salían solas. Además, no debían llevar nunca al cuello una cadenita o un collar, pues el niño podía nacer con el cordón umbilical estrangulándole el cuello; por la misma razón, tampoco debían comer pasteles redondos con un hueco en el medio. Así, por ejemplo, les estaban prohibidos los torcett, que se horneaban en las casas. Cuando el niño nacía, se procuraba bautizarlo lo más pronto posible, ya que un recién nacido, aún no bautizado, no debía salir de casa, por considerársele presa fácil de los hechizos de las brujas.

   Si un niño presentaba algún defecto, o lloraba más de la cuenta, se debía buscar la causa en alguna maldición en su contra. En estos casos se recurría a los gitanos o a las brujas. Se prefería, sin embargo, la segunda solución. A la bruja se recurría, efectivamente, por un repentino dolor de barriga del niño, un crecimiento retrasado, un empacho o cualquier otra dolencia. Si, por el contrario, se trataba de defectos físicos evidentes, entonces se podía tener la certeza de que la causa era una maldición.  

   Pero la bruja también servía a menudo de cohartada. Decir que un hijo era deforme o  padecía estrabismo, porque a poco de nacer le habían hecho un mal de ojo, era una cosa, pero muy otra era decir abiertamente que había nacido así. En el primer caso, la deficiencia física no era impedimento para que se casara, mientras que en el segundo, la cosa se volvía mucho más difícil, por temor a que la descendencia se viera afectada. Era muy desventajoso tener minusválidos en casa, especialmente en el campo: aumentaban las preocupaciones, como también la desconfianza de los vecinos y amigos. Cuando se creía que una bruja había hecho un maleficio a un niño, se podía recurrir al sacerdote, para que éste lo bendijera o pronunciara algún exorcismo. Sin embargo, no se acudía a la ayuda del sacerdote sino en determinadas circunstancias, cuando se trataba de cosas fácilmente creíbles, que no estuvieran reñidas con el tradicional y rígido moralismo del clero.

   Por otra parte, el sacerdote no contaba con demasiados recursos. Se iba entonces a consultar personas respetables y veneradas, curanderos y curanderas con poderes antibrujas. Éstos gozaban de la estima de toda la comunidad y grande era su competencia. Poseían talismanes milagrosos, pero se servían únicamente de gestos, rituales extraños, pero eficaces, letanías especiales. Era importante llegar a comprender cuál era la parte del cuerpo afectada por el mal de ojo.

   No era sin embargo difícil de saber, ya que los embrujos siempre afectaban un punto en particular. Con una medalla se trazaba alrededor de la parte interesada un círculo, que nunca debía cerrarse totalmente, sino presentar una abertura por la que pudiese salir la maldición. Todo esto se refiere a la intervención de las brujas, pero existían otros tipos de embrujos / males de ojo más simples para los cuales se recurría al rezo o a la ayuda del vecino más anciano, quien con su experiencia resolvía el problema. En estos casos, debía tratarse de pequeñas enfermedades, como los consabidos gusanillos o la erisipela. Por cierto que no se podía ir al doctor para decirle que se tenía una de estas afecciones pues el facultativo se hubiera echado a reír o se hubiera burlado del paciente.

   Para combatir los parásitos se ponía un saquito blanco, en cuyo interior se habían puesto ajo y perejil, bajo la cabeza del niño en reposo, pero antes era preciso santiguar al pequeño. Si éste se encontraba al alcance del curandero, se procedía directamente sobre su cuerpo. De no ser así, bastaba con llevar al curandero prendas del niño, con las que se llevaba a cabo el rito misterioso, en el que se mezclaban letanías, señales de la cruz, palabras susurradas e incomprensibles.  

   Nos encontramos aquí en el campo de los sietemesinos y de los curanderos de nuestro terruño, en el cual lo sagrado y lo profano se unían para llevarnos a la dimensión de una medicina alternativa que también era fruto de creencias paganas, de larga raigambre popular, y claramente ligadas a la superstición. 

   ¿Eran los embrujos fobias debidas a la ignorancia o más bien a la sabiduría antigua? Nunca podremos dar una respuesta certera a tal interrogante.

Giuseppe Brandone

(Extraído de "Il platano", revista cultural de Asti, Asti, año III, Nº 3, 1978, p. 37-44: Figuras, obras y ritos de nuestra tierra)

fecha de revisión  09/04/2005